La tragedia de la Ruta 22, donde murieron cuatro personas a pocos kilómetros de Allen, no fue producto del azar. Axel Adrián “Chinito” Araneda venía anunciando su final: autos de alta gama, armas, cadenas de oro, dólares, relojes caros y una impunidad exhibida sin pudor. Su caída fue tan estrepitosa como previsible. Su vida, marcada por el narcotráfico y la violencia, estaba cargada de señales.
Araneda no era un delincuente común. En 2019 fue condenado por tráfico de drogas como líder de una banda que operaba en todo el Alto Valle. Antes, había sido considerado partícipe necesario en un cargamento de 844 kilos de marihuana que terminó con sus padres, Favio Araneda y Natalia Solís, detenidos. Su figura creció en un entorno donde la ostentación era parte del código: historias de Instagram, selfies al volante y audios de madrugada.
En una de sus últimas publicaciones —minutos antes del choque fatal— se lo ve al volante de su Volkswagen Amarok V6 sin patente, levantando el dedo medio. En la muñeca, un Rolex de 16 mil dólares. En el cuello, gruesas cadenas de oro. Solía mostrar armas, fajos de dólares y sus escapadas a casi 250 km/h en rutas del Alto Valle.
Esa imagen de poder venía acompañada de un antecedente inquietante: cumplió poco más de un año de prisión pese a tener una condena de cinco años de cumplimiento efectivo.
Un círculo conocido: el vínculo con los Gutiérrez
Para entender a Araneda hay que mirar también a su entorno. Su relación más relevante es con la familia Gutiérrez, especialmente con Ramiro “Gitano” Gutiérrez, condenado por el homicidio de Facundo Castillo tras atropellarlo con una BMW X1 en Cipolletti. No eran simples conocidos: los unían vínculos más profundos que la amistad.
Araneda vivía en una chacra de Guerrico ubicada entre el canal Principal y la Ruta 65, una propiedad que perteneció históricamente a Felipe Ricardo “el Negro” Gutiérrez, padre del Gitano. En ese mismo lugar, hace un año, se encontró un tractor robado por Larry Vera, un ladrón vinculado al robo de autos y motos. El vehículo fue recuperado tras un allanamiento judicial.
El Negro Gutiérrez también estuvo ligado al ambiente narco: integró una organización dedicada al tráfico de autos de alta gama robados que llegaban “envainados” con cocaína. Cuando fue detenido, lo encontraron en una suite de hotel con prostitutas. Autos robados, drogas, lavado, documentos adulterados: una estructura criminal de alto nivel.
Ramiro Gutiérrez replicó ese estilo. Lujos, cadenas de oro, relojes, autos BMW y Mercedes Benz, carreras y velocidad. En 2023, un jurado popular lo declaró culpable del homicidio de Castillo y de otras cinco tentativas de homicidio. Su apellido se volvió sinónimo de poder, riqueza y vínculos subterráneos.
Una vida que terminó como vivía: rápido y sin límites
El Chinito pasó la madrugada previa al choque en un boliche de Cipolletti, rodeado de tragos, música y amigos. Sus historias lo mostraban confiado, altanero, intocable. Luego subió a su Amarok V6 —una camioneta de casi 300 caballos, posiblemente chipeada— y manejó hacia Allen. En la Ruta 22, la realidad lo alcanzó: un impacto brutal, un auto incendiado y una familia destruida.
La camioneta aún no fue requisada y se desconoce qué puede encontrarse en su interior. Araneda está nuevamente detenido. El Ministerio Público le formulará cargos hoy, en un horario que todavía no se confirmó. La fiscal Celeste Benatti aguarda resultados de laboratorio para determinar si, además del alcohol, había consumido otras sustancias. También se esperan pericias sobre la velocidad a la que circulaba.
La defensa intentará evitar que le dicten prisión preventiva. Pero los indicios, su historial y la magnitud de la tragedia vuelven difícil cualquier argumento a favor de su libertad.
La historia del Chinito Araneda no es la de un accidente: es la de un entramado de poder, impunidad y crimen que terminó explotando sobre el asfalto de la Ruta 22. Una vida acelerada, sostenida por redes peligrosas, que terminó arrasando con todo a su paso.
Fuente: Medios




