De la chacra tradicional a una marca propia: el giro productivo en Cipolletti

Una familia del Alto Valle reconvirtió su producción y encontró en las almendras un nuevo motor de crecimiento.

En una chacra de Cipolletti, el paisaje ofrece una postal distinta: los caminos internos no tienen polvo ni tierra suelta. En su lugar, una capa firme de cáscaras de almendra reutilizadas refleja un cambio más profundo, vinculado a una nueva forma de producir, pensar y comercializar en el Alto Valle.

Detrás de esa transformación hay una historia familiar con más de cien años en la fruticultura. La cuarta generación, liderada por Eduardo Olano, decidió redefinir el rumbo del emprendimiento con un objetivo claro: ganar autonomía comercial y generar valor agregado. El proceso incluyó un giro progresivo: de manzanas y peras a frutas de carozo, y finalmente a las almendras, cultivo que marcó un punto de inflexión y dio origen a un nuevo proyecto: Canelo.

Cuando Olano regresó en 2006, tras formarse como ingeniero agrónomo, se encontró con un esquema productivo clásico, centrado en fruta de pepita y dependiente de terceros para su comercialización. “Nos sentíamos medio encerrados”, recuerda.

El primer cambio fue avanzar hacia duraznos, ciruelas y pelones, lo que permitió manejar la venta directa. Luego, en 2015, una decisión más estratégica: apostar por las almendras. “Lo que me convenció fue básicamente el mercado. Se demandaban cada vez más almendras y Argentina producía muy poco”, explica.

Así comenzó una reconversión gradual que hoy abarca unas 120 hectáreas, con una combinación de cultivos que aún mantiene mayoría de fruta tradicional, pero con un crecimiento sostenido del almendro.

El origen de Canelo: del ensayo casero a una planta propia

El salto definitivo llegó con la primera cosecha, en 2018. Sin un plan claro de comercialización, la respuesta surgió casi por casualidad.

“Estábamos en Chile, en la luna de miel, y probamos unas almendras saborizadas, algo que acá no habíamos visto ni comido. En ese momento dijimos: ‘es por acá’”, cuenta Helena Pinós.

A partir de esa idea, comenzaron a experimentar en su casa, con pruebas que no siempre salían bien. “Fue prueba y error. Quemamos tandas, salían amargas, no había recetas”, recuerda Olano. El primer producto logrado, almendras ahumadas, se convirtió en el sello de la marca.

El crecimiento llevó a transformar un antiguo galpón en una planta de elaboración en 2019, a la que luego se sumó una planta de pelado. Así nació formalmente Canelo, una marca que hoy supera los veinte productos, desde alimentos hasta cosmética.

Uno de los principales logros del proyecto fue cambiar la lógica de consumo. “Con el agregado de valor logramos romper esa estacionalidad”, destacan. Las almendras dejaron de ser un producto típico de fin de año para convertirse en un alimento de consumo permanente.

La comercialización se extiende a nivel nacional, con fuerte presencia en la Patagonia, y combina distintos canales: comercios, ferias, ventas online y visitas a la propia chacra, que también funciona como espacio de difusión.

Producción, tecnología y sustentabilidad

El desarrollo del almendro en el Alto Valle encuentra condiciones favorables: clima seco, baja incidencia de enfermedades y posibilidad de manejo eficiente. El sistema productivo incluye riego por goteo, microaspersión y mallas antigranizo, además de variedades que permiten escalonar la producción.

Los rindes alcanzan entre 2.000 y 2.500 kilos por hectárea, en línea con estándares internacionales. La poscosecha también es clave: la almendra se conserva en cáscara para preservar su calidad.

La sustentabilidad es otro eje central. Las cáscaras se reutilizan como cobertura en caminos y suelos, y el proyecto avanza hacia su uso como fuente energética. Además, las plantas funcionan con energía solar, generando incluso excedentes.

Impacto local y proyección

El crecimiento de Canelo también se traduce en empleo: en temporada alta, el emprendimiento llega a ocupar unas 70 personas, con actividad sostenida durante todo el año gracias a la diversificación.

El vínculo con la comunidad incluye visitas educativas y servicios para otros productores, consolidando una red regional.

A más de una década del inicio de la reconversión, los resultados son visibles. “Nos ha ido bien”, resume Olano. Con nuevos proyectos en carpeta —desde mecanización hasta incorporación de cultivos como pistacho—, la experiencia marca un camino posible para el sector: innovar, agregar valor y construir identidad propia en un contexto desafiante.

Fuente: Medios.

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