Lo que a simple vista parece apenas un nido abandonado de chaquetas amarillas puede convertirse, después de la muerte de la colonia, en un pequeño laboratorio natural capaz de modificar las condiciones del suelo. Así lo determinó un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma), dependiente del Conicet y la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), en Bariloche.
El trabajo concluyó que la descomposición de las colonias de estas avispas invasoras incrementa de manera significativa la disponibilidad de nutrientes en el suelo y genera verdaderas “islas de fertilidad”, capaces de favorecer posteriormente el desarrollo de la vegetación. Los resultados fueron publicados en la prestigiosa revista científica estadounidense Ecology.
La investigación surgió a partir de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ocurre en el suelo con todo el material orgánico que queda cuando una colonia de chaquetas amarillas muere? Para responderla se conformó un equipo integrado por las biólogas Marina González Polo, María Noelia Barrios García y Sabrina Moreyra, especialistas en suelos, especies invasoras y comportamiento y ecología de las chaquetas amarillas.
En Bariloche y sus alrededores existen dos especies de chaquetas amarillas que presentan características morfológicas y comportamentales similares. Sus reinas fundadoras comienzan a construir los nidos en primavera y, hacia el final del otoño, las colonias llegan al final de su ciclo y mueren.

Durante las temporadas más favorables, esos nidos pueden alcanzar cientos o incluso miles de individuos y llegar a tener aproximadamente el tamaño de una pelota de fútbol. La estructura está construida con un material similar al papel que las propias avispas fabrican a partir de fibras de celulosa, saliva y agua.
“Maceran esa celulosa y hacen una especie de papel maché. Cuando las colonias mueren al final de la temporada, queda ese nido de papel con las avispas en distintos estadios en su interior”, explicó Moreyra, investigadora adjunta del Conicet en el Inibioma.

Ese material orgánico fue precisamente el punto de partida del experimento. El objetivo fue determinar qué sucedía con los restos de la colonia una vez incorporados al suelo y si la descomposición producía cambios medibles en la disponibilidad de nutrientes.

Un experimento de 16 meses
Para estudiar el fenómeno, durante el verano las investigadoras localizaron 33 colonias activas en la zona del Arroyo Casa de Piedra, al oeste de Bariloche, y marcaron su ubicación. El seguimiento posterior presentó una dificultad particular: los nidos son subterráneos y pueden encontrarse a varios metros de profundidad, por lo que no resulta sencillo acceder a ellos.
El equipo esperó el desarrollo natural de las colonias y, 16 meses después de su muerte, tomó muestras del suelo donde habían estado los nidos. Esas muestras fueron comparadas con otras obtenidas a aproximadamente un metro y medio de distancia, en sectores sin influencia directa de las colonias.
Los resultados mostraron diferencias marcadas. El suelo asociado a los antiguos nidos presentó un 50% más de carbono, un aumento del 200% en nitrógeno y más de un 500% de incremento en fósforo disponible, además de una mayor presencia de materia orgánica.
Para la ecología, esas áreas de alta concentración de nutrientes reciben el nombre de “islas de fertilidad”. Se trata de pequeños sectores que pueden funcionar como puntos de intensa actividad biológica y que presentan características muy diferentes respecto del suelo que los rodea.
También favorecen el crecimiento de las plantas
Los investigadores quisieron dar un paso más y comprobar si ese aumento de nutrientes tenía una consecuencia concreta sobre la vegetación. Para eso sembraron en macetas semillas de Solidago chilensis, conocida popularmente como varilla de oro, utilizando dos tipos de suelo: uno tomado en áreas influenciadas por antiguas colonias y otro sin esa influencia.
Después de tres meses, las diferencias fueron evidentes. Las plantas cultivadas en el suelo asociado a los nidos alcanzaron mayor altura, desarrollaron raíces más largas y produjeron más hojas que aquellas que crecieron en el suelo de control.

Los resultados demostraron así que los restos de las colonias no solo modifican la composición del suelo, sino que esos cambios pueden ser aprovechados por las plantas y traducirse en un mayor crecimiento vegetal.
Una mirada más amplia sobre una especie invasora
El hallazgo no modifica el carácter invasor de la chaqueta amarilla ni elimina los problemas que genera en la región. La especie es originaria de Europa, Asia y el norte de África y durante las últimas décadas se expandió por distintos países, en gran medida favorecida por el transporte.
En Patagonia suele alcanzar una gran abundancia durante el verano y aparece con frecuencia en lugares donde existen restos de alimentos u olores que la atraen. Sus picaduras pueden ser muy dolorosas y representar un riesgo para personas alérgicas, aunque las avispas no suelen atacar si no se sienten amenazadas.
El ciclo de la especie comienza en primavera, cuando las reinas que sobrevivieron al invierno salen de sus refugios y fundan nuevas colonias. Durante el verano depositan huevos y las obreras se encargan de buscar alimento, agua y fibras vegetales para ampliar y reparar el nido.

La reina puede llegar a poner hasta 300 huevos por día, por lo que la colonia crece con rapidez. Hacia el otoño puede alcanzar cientos o miles de ejemplares; después del apareamiento mueren los machos y las nuevas reinas buscan refugio para pasar el invierno, mientras que el resto de la colonia desaparece.
Ese proceso deja detrás un nido cargado de materia orgánica que, según el estudio realizado en Bariloche, puede convertirse en un punto de transformación del suelo.
Moreyra destacó que estos resultados permiten incorporar una mirada más compleja sobre una especie que suele ser analizada únicamente desde sus efectos negativos. “La ecología de las invasiones suele ser compleja y hay efectos directos e indirectos que se manifiestan a lo largo del tiempo”, señaló.
Así, lo que parece ser el final de una colonia puede convertirse en el comienzo de otro proceso ecológico: la transformación del suelo y la creación de pequeños parches de fertilidad que pueden favorecer a las plantas durante los años siguientes.
Fuente: Medios.







